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El tiempo

“…¿Y el tiempo? ¿qué nos dirá el tiempo?

¿Guardará tu nombre, o al menos,

cierta memoria de la ternura que te habita?…” Catalina González Vilar

angel-427478_960_720Empiezo con este poema que me llegó, junto con otros de la misma autora, el mismo día, ya tan clave en mi memoria desde hace un año, en el que sentí que algo ya no estaba bien, que tal vez mi niño ya no estaba conmigo,… no me equivoqué…

Ya hace un año en el que te sostuve en mis manos…

Ya hace un año que dejé a un lado la ilusión de poderte acunar…

Ya hace un año que dejé de pensar tu lugar en nuestras cenas alrededor de nuestra mesa…

Ya hace un año que te puse nombre aun sabiendo que no sabré cuál es tu sexo…

Dicen que el tiempo todo lo cura, tengo fe en esa frase. Ya ha pasado un año desde que sentí un dolor profundo. A partir de ahí, cómo todo para mí, he realizado un viaje en el que he navegado por ríos, he andado entre piedras, he subido montañas y las he bajado hasta lo más profundo,… ahora siento caminar y este viaje tiene otro sentido.

A mi pequeño Daniel, pasará el tiempo pero nunca te vamos a olvidar.

Un poco de Biología

Durante el último año (sí tengo que hacer memoria ahora que se acaba el 2015) he aprendido sobre la vida y sobre la muerte más que en toda mi vida. He aprendido a perder y a ganar a la vez (no me importa que suene a tópico, es la verdad). También a sentir dolor y a que se puede dejar de sufrir (no siempre lo he conseguido pero visualizo el camino, cada vez más nítido). Haciendo memoria, en estos días he recordado lo que comentó un profesor que tuve en la Escuela de enfermería que hablaba de que en la reproducción celular las células mueren para que otras vivan. No sólo se hace un recambio, se hace una regeneración (tan necesaria para tantas cosas de nuestra vida). Pues en lo más profundo de mí, ahora puedo decir que deseo retirar el pensamiento y sentimiento de horror que acompañaba esta explicación biológica ya que terminaba con una frase de mi profesor que decía “Cuando me reproduzco muero un poco más”. Me angustiaba el pensar que entonces se deja de ser. Dejo de existir para que otro exista. Ya no soy yo sino es sólo él/ella. Yo me muero. Uf!!

En mi último embarazo, mi hijo salió de mí a las seis semanas de gestación. Justo en ese momento, sentada en la taza de mi wáter, aprendí a confiar en la naturaleza de mi cuerpo que fue un gran aprendizaje sin duda, pero el mayor de todos fue el aprender a PERDER. Y he de decir que ha sido la experiencia más sanadora de mi vida junto con la vez que más dolor he sentido. Ahí perdí a mi hijo, mi niño moreno de ojos grandes (pensando en los rasgos físicos de sus tres hermanos), perdí a lo que iba a ser mi familia, y cómo ya escribí anteriormente, también me perdí a mí. Fue una experiencia de la que poco a poco me fui reconstruyendo de entre mis ruinas, piedra a piedra. Ha sido una oportunidad para poder despedirme de lo que fue, una oportunidad para cambiar, para poder escucharme, para crecer e ir reconociéndome en la “nueva” que soy. Dejé de ser yo para ser otra.

Ahora entiendo las palabras de mi profesor, cuando me reproduje y creé a mi pequeño, mis células dejaron de ser mías y se convirtieron en otras. Pero su frase se quedó incompleta porque no nombró que la VIDA siempre está presente en todo el proceso.