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Un final

shooting-star-in-elegance-vector-background-242552Este verano comencé escribiendo un relato de cómo el miedo a veces se apodera de nosotros, y nos roba nuestra ganas de ser felices y de seguir viviendo. Cómo nos roba las fuerzas y las ganas de continuar en este viaje. Es cierto que lo comencé a escribir y sabía que iba a terminar con uno de dos posibles finales. Me animo a escribir el final real.

El texto empezaba con algo así que después de mi pérdida, de que mi niño se fuera, volvía a sentir ganas de ser madre, de sentir un hijo en mi vientre, de tener otro bebé en mis brazos. Dicho y hecho apareció la doble rayita en el test de embarazo y nos alegramos pero a la vez se me empezó a encoger el alma, a arrugar el corazón. Algo dentro de mí me decía que no iba bien, que no iba a acabar bien, que no iba a tener ese final que yo esperaba. Pero seguía teniendo síntomas, notaba físicamente que todo seguía bien y eso fue lo que me engañó, a  eso me aferré y no quise creer lo que estaba sintiendo. Pensaba que mis miedos se basaban en la experiencia anterior, el miedo a repetir experiencia, que creo que es inevitable, el miedo a volver a sentir la muerte cuando estás esperando la vida, que es un miedo tan real y a la vez tan vivo aunque suene paradójico.

Cuando estaba de ocho semanas comencé a sangrar y el miedo se hizo tangible. En poco tiempo, cuestión de pocas horas, pasé a un dolor muy fuerte y un sangrado mayor. Acudimos a urgencias y tras tres ecografías (porque no se veía nada en el útero) finalmente se consiguió ver una hemorragia cerca del ovario derecho. Todos los signos hacían pensar que estaba sufriendo un embarazo ectópico y se había roto la trompa derecha. Temía por las consecuencias, por la hemorragia, sí se producía un shock,… estábamos realmente asustados. Pero me sentí segura porque los profesionales que me atendieron fueron claros y concisos y en muy poco tiempo ya estábamos en quirófano. El servicio de paritorios fue atento y muy eficiente por lo que estoy realmente agradecida, mi sensación fue de seguridad y tranquilidad con ellos.

Mi recuperación física ha sido satisfactoria. La emocional tiene lagunas, me siento muy perdida (normal ante esta situación) pero más que nunca porque fue un embarazo diferente, un embarazo en el que no pude sentir a mi bebé en esa vasija en la que se va cociendo, en la que se va formando y que forma parte de esa comunicación especial entre madre e hijo. Yo no lo sentí allí y ante la experiencia por mis otros embarazos me cuesta encontrar otras conexiones con ella.

Han pasado ya tres meses y siento que ese bebé se fue y no consigo despedirme. Siento que estuvo en un sitio que no le correspondía, tal vez ni en el momento adecuado. Creo que llamé a esta alma a venir demasiado pronto y ella me oyó y vino tan rápido como pudo,… pero no era nuestro momento. Fue un amor fugaz al que no llegué a sentir  tan dentro de mí, se quedó a un ladito, discreta,… no quería molestar y se quedó en un rincón para no invadirme pero para darme su amor incondicional sin nada a cambio,… bueno, algo se llevó de mí. Se llevó un fragmento de mí, literal claro, pero también se llevó algo más. Unas semanas después de la intervención encontré un texto del libro El Profeta, lo abrí por una página al azar en la que hablaba de la libertad que decía: “… ¿Y qué queréis rechazar para llegar a ser libres sino fragmentos de vosotros mismos?…”.  Me removió mucho esa frase, se me encendió una luz en el alma como si hubiera leído y encontrado mi respuesta a mis preguntas ¿Por qué me ha pasado esto después de haber tenido cuatro embarazos intrautero? ¿Por qué no llegó a donde tenía que haber llegado? ¿En mi trompa hubo alguna barrera física o el embrión se detuvo y entonces por qué lo hizo? Son preguntas que la ciencia no va a poder contestar nunca. Y aunque no haya una evidencia científica, para mí esa frase fue la respuesta que hizo que mi alma se calmara. Pues es cierto que perdí un fragmento (una trompa) pero perdí un gran una gran barrera, no sólo la que se interpuso entre ella (siento que podría haber sido una niña) y yo. Se llevó consigo algo que ya no servía y sin fundamento. Ella se lo llevó.

Esto me hace pensar y afirmar en que nuestros hijos son grandes maestros de vida, te dan un curso intensivo en vivir aun cuando solo están con nosotros pocas semanas. Así que agradecida estoy hija mía y en cuanto más valore este agradecimiento más conseguiré sentirte y a la vez poder despedirte y decirte adiós, pues como dice la canción: “… pero el amor no es una marcha victoriosa. Es un frío y roto aleluya…“

Rituales de despedida

Todos hemos vivido pérdidas a lo largo de nuestras vidas, desde el cambio de una casa, de cole o de trabajo, la muerte de nuestra querida mascota o de un familiar o amigo y muchos de nosotros, en mayor o menor medida, podemos conocer o haber oído en qué consiste un duelo clínico y sus fases correspondientes.

Cuando sufres una pérdida gestacional o neonatal no estás preparado para ello, para no tener contigo a tu hijo. Se rompe el alma, y más cuando sientes a la muerte en tus propias carnes, cuando la sientes en lo más profundo de ti. Se pierden las expectativas, se pierden los deseos y algo de tu ser muere con aquel que también murió. Es entonces cuando el proceso de adaptación comienza en nosotros y en nuestra vida aunque en ocasiones no seamos conscientes del cambio tan profundo que experimentamos. La vida es un continuo fluir, un constante cambio pero cuando nos encontramos con adversidades el cambio es más evidente, cómo sí te traspasara un proyectil que derribara nuestra torre más sagrada. Rápido y fugaz. Nos derruimos. Es entonces cuando nos preguntamos “¿Y ahora qué? ¿Qué puedo hacer, qué debo hacer?” A  partir de las ruinas toca reconstruirnos.  ¿Pero cómo empezar entonces a ello sí sólo quedan piedras? ¿Cómo subir de nuevo sí estás en lo más bajo? Preguntas que nos hacemos y en las que a veces no encontramos respuestas o pensamos que no las hay ante la desesperación y el dolor. Pensamos que nada volverá a ser como antes – y es cierto- y nos preguntamos cómo hacer para recuperarnos lo antes posible – demanda social demasiado exigida y sufrida por todos nosotros-. Desde mi experiencia personal sé que se puede, que todo esto se puede conseguir  aunque las piedras con las que nos construimos no serán las mismas ni las vistas desde las alturas iguales a las de antes. Ya no seremos los mismos, algo distinto nace en nosotros. Pero hay que decir que no es un proceso tan rápido como se espera. Simplemente es un proceso que no cuenta con el tiempo.

¿Cómo se consigue? No lo sé. No tengo la respuesta a esto. No sé cómo consigues subir. Sólo cuando estás arriba y miras hacia abajo te das cuenta de todo lo que acabas de hacer. Habrás conseguido con tus propias herramientas y tus manos el volver a reconstruir tu torre .Hay muchas teorías que te explican en qué consiste el duelo, sus fases, sus procesos. Consejos teóricos sobre lo recomendable que es despedirse en estas situaciones – algo muy difícil lamentablemente en estos tiempos que corren ya que los protocolos hospitalarios, burocráticos en según que situaciones no nos lo permiten-. Esas teorías te habrán ayudado (o no) y se habrán convertido en apoyos, en  herramientas de construcción. O tal vez tus herramientas las llevabas ya incorporadas, dentro de ti y serán diferentes a las de tu pareja ya que él o ella tendrá que construir su propia torre. Serán diferentes a las de tus familiares y amigos y a las de otros muchos que hemos pasado por la pérdida de nuestros hijos. Las herramientas son distintas en cada persona y distintas en cada uno de nosotros dependiendo del momento de nuestra vida en el que nos encontremos. Hay infinidad de herramientas a pesar de que hay un número limitado de teorías.

Yo puedo decir que tuve la gran suerte de poder despedirme de mi pequeño porque expulsé su  pequeña cuna en casa junto a mi pareja y pudimos enterrarlo en ese maravilloso olivo que hace de ángel de la guarda. Todos pudimos despedirnos y decir lo mucho qué sentíamos no poder conocerle más. A su pequeña hermana no pudimos verla, mi pequeña fue directamente a anatomía patológica junto con mi trompa. No hemos hecho ritual de despedida. No la hemos tenido en nuestras manos y le hemos dicho adiós ni la hemos enterrado junto a él. Hubiera sido un gran ritual. Pero no siento tampoco la necesidad de, simbólicamente, realizar un rituarbol_editedal de despedida, de coger objetos cómo sus test de embarazo y enterrarlos o fotografiarlos, o qué se yo… Su presencia ha sido diferente y con esta hija mía me estoy despidiendo con cada pensamiento en ella qué hago, con cada golpe de calor que recibo, por fin, en mi pecho cuando leo el que hubiera sido su nombre, cada vez qué miro a sus hermanos y pienso sí se hubiera parecido a ellos. No tengo la necesidad de localizarla en un punto concreto, la encuentro en otras partes pues así fue su presencia para mí.

Son procesos de duelos diferentes, como diferentes son cada uno de nuestros hijos y no siento qué uno sea mejor que otro, que uno ayude más que otro pues, sigo insistiendo en decir que nos olvidamos que sólo son eso, teorías y que en ellas falta la práctica que sólo existirá cuando consigamos adaptar la teoría a la realidad, a nuestra y única realidad.

Vivamos nuestro duelo cómo nos merecemos nosotros mismos, con nuestros caminos y nuestras paradas, con nuestros ascensos y descensos, con nuestras construcciones y derribos. Confiemos en que las herramientas que necesitemos aparecerán a lo largo del camino y simplemente escuchémonos y vivamos.

Cuando pierdes un embarazo…

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… No sólo es que el mundo se tambalea sino que llegas a sentir un derrumbamiento tan grande que sólo quedan ruinas de lo que fue, de lo que es y de lo que nunca será. Ante tal desastre pierdes el rumbo y te sientes perdida sin saber quién eres y hacia dónde ir. Muy poco a poco, con ayuda y apoyos, cuando te sientes con fuerza y ánimo,  podrás ir reconstruyendo-te. Ante esas piedras marchitas se puede construir, volver a construir algo nuevo. Gracias a lo que dejó tu bebé en ti, algo bonito que sigue en ti, puedes volver a recuperar el rumbo. Poco a poco, sin prisas…

Las siguientes palabras forman parte de lo que dije en la presentación de la Asociación, me referí a ellas con algo así como “una presentación no oficial” ante la oficial que fue todo lo que dije anterior a ellas. Fueron palabras  llenas de emoción, palabras sentidas y reales de lo que suponía para mí formar parte de este valioso proyecto que tanto bien me hizo en el pasado, y que tanto bien esperamos haga a otros muchos.

Desconocemos la viabilidad de la Asociación, esperamos que mucho tiempo, pero creemos en que este proyecto, por haber nacido y formar parte de aquellos que lo necesiten, lo necesitaron y lo necesitarán ya es imborrable al igual que la vida de nuestros pequeños hijos.

La “presentación no oficial” dice tal que así:

 

¿Por qué es tan importante para mí formar parte de esta asociación?

                     Pues no sé… tal vez es que perdí un hijo en mi vientre y sentí un gran “algo” que me taladraba por dentro.

 Tal vez es que mi hijo tenía que nacer alrededor de la fecha de la presentación de la Asociación, y en vez de tener un niño en brazos sentiré música del corazón.

Tal vez es que se fue para que naciera algo en mí.

Tal vez necesitaba llorar una despedida, un adiós a tantas cosas en mi vida y fue tan generoso que me regaló la posibilidad de hacerlo.

Tal vez él no estaba preparado o tal vez era mi cuerpo el que no lo estaba. Tal vez no tenía ganas de pasar dos o tres años en vela o tal vez sí pensando en él. Tal vez no podía con ello y él lo supo y se fue.

 Puede haber tantos tal vez… que ni lo sé, sólo lo puedo sentir. Siento que necesito dar manos para que sepan que hay salidas en esa rotonda que se nos crea en nuestra cabeza y que una vez salido tenemos que navegar por un río.

 En él habrá mucha agua a veces y otras poca; habrá piedras y ramas que nos arañen; zonas que vayan tranquilas y otras que vayan rápidas. Pero yo necesito enseñar que en ese río, ese que cada uno tiene en sí mismo, habrá manos que nos muestren la orilla, que nos acaricien y nos sujeten, que nos alivien en nuestro pesar.

 Eso siento, este es el legado de mi pequeño. Y por ello me siento tan agradecida  y orgullosa de ser su mamá.

Adriana