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Rituales de despedida

Todos hemos vivido pérdidas a lo largo de nuestras vidas, desde el cambio de una casa, de cole o de trabajo, la muerte de nuestra querida mascota o de un familiar o amigo y muchos de nosotros, en mayor o menor medida, podemos conocer o haber oído en qué consiste un duelo clínico y sus fases correspondientes.

Cuando sufres una pérdida gestacional o neonatal no estás preparado para ello, para no tener contigo a tu hijo. Se rompe el alma, y más cuando sientes a la muerte en tus propias carnes, cuando la sientes en lo más profundo de ti. Se pierden las expectativas, se pierden los deseos y algo de tu ser muere con aquel que también murió. Es entonces cuando el proceso de adaptación comienza en nosotros y en nuestra vida aunque en ocasiones no seamos conscientes del cambio tan profundo que experimentamos. La vida es un continuo fluir, un constante cambio pero cuando nos encontramos con adversidades el cambio es más evidente, cómo sí te traspasara un proyectil que derribara nuestra torre más sagrada. Rápido y fugaz. Nos derruimos. Es entonces cuando nos preguntamos “¿Y ahora qué? ¿Qué puedo hacer, qué debo hacer?” A  partir de las ruinas toca reconstruirnos.  ¿Pero cómo empezar entonces a ello sí sólo quedan piedras? ¿Cómo subir de nuevo sí estás en lo más bajo? Preguntas que nos hacemos y en las que a veces no encontramos respuestas o pensamos que no las hay ante la desesperación y el dolor. Pensamos que nada volverá a ser como antes – y es cierto- y nos preguntamos cómo hacer para recuperarnos lo antes posible – demanda social demasiado exigida y sufrida por todos nosotros-. Desde mi experiencia personal sé que se puede, que todo esto se puede conseguir  aunque las piedras con las que nos construimos no serán las mismas ni las vistas desde las alturas iguales a las de antes. Ya no seremos los mismos, algo distinto nace en nosotros. Pero hay que decir que no es un proceso tan rápido como se espera. Simplemente es un proceso que no cuenta con el tiempo.

¿Cómo se consigue? No lo sé. No tengo la respuesta a esto. No sé cómo consigues subir. Sólo cuando estás arriba y miras hacia abajo te das cuenta de todo lo que acabas de hacer. Habrás conseguido con tus propias herramientas y tus manos el volver a reconstruir tu torre .Hay muchas teorías que te explican en qué consiste el duelo, sus fases, sus procesos. Consejos teóricos sobre lo recomendable que es despedirse en estas situaciones – algo muy difícil lamentablemente en estos tiempos que corren ya que los protocolos hospitalarios, burocráticos en según que situaciones no nos lo permiten-. Esas teorías te habrán ayudado (o no) y se habrán convertido en apoyos, en  herramientas de construcción. O tal vez tus herramientas las llevabas ya incorporadas, dentro de ti y serán diferentes a las de tu pareja ya que él o ella tendrá que construir su propia torre. Serán diferentes a las de tus familiares y amigos y a las de otros muchos que hemos pasado por la pérdida de nuestros hijos. Las herramientas son distintas en cada persona y distintas en cada uno de nosotros dependiendo del momento de nuestra vida en el que nos encontremos. Hay infinidad de herramientas a pesar de que hay un número limitado de teorías.

Yo puedo decir que tuve la gran suerte de poder despedirme de mi pequeño porque expulsé su  pequeña cuna en casa junto a mi pareja y pudimos enterrarlo en ese maravilloso olivo que hace de ángel de la guarda. Todos pudimos despedirnos y decir lo mucho qué sentíamos no poder conocerle más. A su pequeña hermana no pudimos verla, mi pequeña fue directamente a anatomía patológica junto con mi trompa. No hemos hecho ritual de despedida. No la hemos tenido en nuestras manos y le hemos dicho adiós ni la hemos enterrado junto a él. Hubiera sido un gran ritual. Pero no siento tampoco la necesidad de, simbólicamente, realizar un rituarbol_editedal de despedida, de coger objetos cómo sus test de embarazo y enterrarlos o fotografiarlos, o qué se yo… Su presencia ha sido diferente y con esta hija mía me estoy despidiendo con cada pensamiento en ella qué hago, con cada golpe de calor que recibo, por fin, en mi pecho cuando leo el que hubiera sido su nombre, cada vez qué miro a sus hermanos y pienso sí se hubiera parecido a ellos. No tengo la necesidad de localizarla en un punto concreto, la encuentro en otras partes pues así fue su presencia para mí.

Son procesos de duelos diferentes, como diferentes son cada uno de nuestros hijos y no siento qué uno sea mejor que otro, que uno ayude más que otro pues, sigo insistiendo en decir que nos olvidamos que sólo son eso, teorías y que en ellas falta la práctica que sólo existirá cuando consigamos adaptar la teoría a la realidad, a nuestra y única realidad.

Vivamos nuestro duelo cómo nos merecemos nosotros mismos, con nuestros caminos y nuestras paradas, con nuestros ascensos y descensos, con nuestras construcciones y derribos. Confiemos en que las herramientas que necesitemos aparecerán a lo largo del camino y simplemente escuchémonos y vivamos.

Un poco de Biología

Durante el último año (sí tengo que hacer memoria ahora que se acaba el 2015) he aprendido sobre la vida y sobre la muerte más que en toda mi vida. He aprendido a perder y a ganar a la vez (no me importa que suene a tópico, es la verdad). También a sentir dolor y a que se puede dejar de sufrir (no siempre lo he conseguido pero visualizo el camino, cada vez más nítido). Haciendo memoria, en estos días he recordado lo que comentó un profesor que tuve en la Escuela de enfermería que hablaba de que en la reproducción celular las células mueren para que otras vivan. No sólo se hace un recambio, se hace una regeneración (tan necesaria para tantas cosas de nuestra vida). Pues en lo más profundo de mí, ahora puedo decir que deseo retirar el pensamiento y sentimiento de horror que acompañaba esta explicación biológica ya que terminaba con una frase de mi profesor que decía “Cuando me reproduzco muero un poco más”. Me angustiaba el pensar que entonces se deja de ser. Dejo de existir para que otro exista. Ya no soy yo sino es sólo él/ella. Yo me muero. Uf!!

En mi último embarazo, mi hijo salió de mí a las seis semanas de gestación. Justo en ese momento, sentada en la taza de mi wáter, aprendí a confiar en la naturaleza de mi cuerpo que fue un gran aprendizaje sin duda, pero el mayor de todos fue el aprender a PERDER. Y he de decir que ha sido la experiencia más sanadora de mi vida junto con la vez que más dolor he sentido. Ahí perdí a mi hijo, mi niño moreno de ojos grandes (pensando en los rasgos físicos de sus tres hermanos), perdí a lo que iba a ser mi familia, y cómo ya escribí anteriormente, también me perdí a mí. Fue una experiencia de la que poco a poco me fui reconstruyendo de entre mis ruinas, piedra a piedra. Ha sido una oportunidad para poder despedirme de lo que fue, una oportunidad para cambiar, para poder escucharme, para crecer e ir reconociéndome en la “nueva” que soy. Dejé de ser yo para ser otra.

Ahora entiendo las palabras de mi profesor, cuando me reproduje y creé a mi pequeño, mis células dejaron de ser mías y se convirtieron en otras. Pero su frase se quedó incompleta porque no nombró que la VIDA siempre está presente en todo el proceso.